martes, 14 de diciembre de 2010

Desde el foso: Viva la pólvora Abajo la pólvora

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Historia de un invento que cambió la historia del mundo... y la de muchas familias.

Quienes hayan asistido, como el autor de este artículo, a una mascletá en Valencia (España), un espectáculo de fuegos artificiales el 4 de Julio en Boston o un fin de fiesta en la isla de Menorca, no podrá olvidar el maravilloso despliegue de bengalas, castillos flamígeros, estrellas, serpientes de colores y toda suerte de chispas y luces que animan el firmamento durante efímeros minutos.
¡Que viva la pólvora!

En contraste con la alegría de las luces festivas, hay que pensar en los cientos de miles de personas que mueren cada año por culpa de bombas, disparos, incendios y estallidos intencionados o accidentales. A los muertos se suman los quemados, lisiados, ciegos y paranoicos que son víctimas de proyectiles y explosivos.
¡Abajo la pólvora!

Los pesimistas piensan que habla muy mal de la humanidad el hecho de que la pólvora, nacida para generar fuego y luz, haya desviado su benéfico camino hasta alimentar balas de plomo, cañones y explosivos que han dado muerte a cientos de millones de individuos.

Los optimistas creen que fue al revés: en algún momento, el hombre descubrió que era posible convertir en sueños luminosos y estallidos de dicha aquella sustancia que se empleaba para matar o herir.

En la historia de la pólvora como arma o como entretenimiento, ¿cuál fue el huevo y cuál la gallina? Es una buena pregunta para diciembre, el mes que durante muchos años fue en Colombia el de los voladores, las rodachinas, los totes y los volcanes... y también el de los niños ardidos, los incendios y los adultos heridos con fuego.

Hoy todas las investigaciones permiten pensar que primero existió la pólvora como arma y solo después como intérprete de fantasías multicolores. El invento de la pólvora para atacar al prójimo fue de los chinos; y el de la pólvora para celebrar grandes acontecimientos en forma vistosa e inofensiva fue de los árabes.
   Un producto más que milenario
Se atribuye la primera combinación explosiva de carbón, sulfuro y nitrato de potasio (salitre) a la secta china de los daoístas, que buscaban la inmortalidad y fomentaban la alquimia. Alguno de sus sacerdotes realizó la mezcla un día del siglo IX de nuestra era y se llevó la tremenda sorpresa de una llamarada y un denso humo negro. Había descubierto la pólvora.

Lo primero que se les ocurrió a los alquimistas chinos no fue festejar la noticia con más humo, sino buscar aplicaciones bélicas. Mezclando resinas, aceites y plantas, los chinos mejoraron la capacidad incendiaria de la sustancia. Antes de dos siglos, ya habían craneado diversas maneras de hacer daño al enemigo valiéndose del nuevo material. Primero fue la flecha untada de pólvora; después, la lanza incendiaria, que no se contentaba con un avance más veloz y potente, sino que añadía a la carga trozos de hierro y bolas de arsénico: el estallido de la pólvora disparaba los fragmentos y multiplicaba la capacidad de la lanza para provocar daño.

Hace un milenio -hacia el año 1.000- los chinos fabricaron la primera arma de pólvora de grueso calibre. Se trataba de un cañón primitivo: en el interior de una guadua comprimían pólvora y papel y le encendían fuego. El resultado era una explosión feroz y una colosal llamarada, que espantaba a las tribus nómadas, cuya presencia no era infrecuente en algunas zonas de la China. Pero no tenía proyectil. El primer cañón de bambú solo producía ruido y humo.

Antes de 200 años, sin embargo, habían perfeccionado una versión cañonera inspirada en la vieja lanza, y retacaban la guadua con pólvora y trozos de metal que salían disparados a cientos de metros. Fue la primera arma de fuego letal.
  Chinos, mongoles, árabes, europeos
La de la pólvora era una receta explosiva que los chinos pretendían mantener en reserva. Pero al avanzar el segundo milenio de la Era Cristiana la noticia de la existencia de la pólvora se regó como pólvora.

Los mongoles conquistaron a los chinos y en el curso de medio siglo se apoderaron de todo el país -incluso sus secretos bélicos- y empezaron a apretar a los imperios musulmanes. Algunos historiadores dicen que los árabes fabricaban pólvora antes de que lo hicieran los orientales, pero es una afirmación que no está probada. Lo que sí se ha podido determinar es que, gracias a la expansión de los mongoles y las novedades que traían del Lejano Oriente, en 1304 los árabes desarrollaron su propia versión del cañón de bambú. Solo que, en vez de lanzar esquirlas, como el chino, disparaba flechas.

Al mismo tiempo, los alquimistas árabes dieron en experimentar con pólvora de distracción, hasta convertirse en maestros de este arte. España, que permaneció bajo dominio moro desde el siglo VIII hasta fines del XV, formó varios talleres de fuegos artificiales, que ahora, medio milenio después, explican el refinamiento de la industria pirotécnica en la Costa de Levante y la pasión creciente que reina en Valencia por esa mezcla de estrépito y luces que es la mascletá.

La pólvora llegó a Europa, probablemente, a principios del siglo XIII. El primer registro conocido de su existencia aparece en un convento. Hacia 1240 el monje franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294), promotor del método experimental para los estudios científicos, aplicó sus principios a una fórmula química que le pasó en un papelito algún viajero procedente del Asia. Era la vieja receta de los polvoreros chinos.
   Una fecha histórica a cañonazos
Europa, donde todos guerreaban constantemente contra todos, constituía el perfecto vivero para esta invención. Los mongoles hicieron exhibición de triquitraques bélicos en varias batallas. Apoyados en sus artes de cohetería primitiva, aplastaron a los húngaros en 1241.

No tardaron en aparecer fábricas de explosivos: a mediados del siglo XIV ya funcionaban polvorerías en Inglaterra y Alemania. Pronto, también armas de mayor calibre, hijas de la alquimia china y la primitiva artillería europea. En 1475 los alemanes inventaron el primer mosquete, y los franceses, las bombardas, abuelas de los cañones modernos.

Los militares se entusiasmaron con el giro que imprimía la pólvora a los combates merced a armas novísimas, como cohetes o cañones. Los curiosos cucuruchos con cola de candela espantaban a quienes nunca los habían visto. En el sitio de Pisa, en 1403, los cañones habían mostrado un camino próspero para demoler muros. En 1453 se presentó ante Constantinopla el sultán Mehmed II (1432-1481). Acarreaba una monstruosa bombarda de 16 toneladas de peso que manejaban 200 hombres y tiraban 60 bueyes. Con ella derribó a cañonazos las murallas, se tomó la ciudad y perpetró un hecho que partió en dos la historia de Occidente. Es probable que no hubiera podido hacerlo sin la ayuda de ese polvillo negro que impulsa, atruena, inflama y despliega espantosa humareda.

A partir de entonces la pólvora se incorporó de manera definitiva a los armamentos europeos, que desde el siglo XVI pasaron a ser los más modernos del mundo.
   El primer astronauta
Sin embargo, aun le cabría a China una hazaña más relacionada con la pólvora, y es el lanzamiento del primer astronauta. Desde el siglo XII, el Oriente realizaba experimentos enderezados a arrojar objetos a distancia con el impulso de la pólvora. Al terminar el siglo XV, los chinos ya eran capaces de armar unos protocohetes de varias etapas que cubrían distancias de medio kilómetro.

Ocurrió entonces que un oficial chino llamado Wan Hu consideró que el terreno estaba maduro para viajar en cohete a la Luna. El aparato que diseñó para hacerlo era una silla sólida a la cual ataron 47 cohetes pequeños. Corría el año 1500, cuando, en una mañana diáfana, Wan Hu se instaló en su silla lunar vistiendo espléndidas galas y dio orden a 47 siervos de encender simultáneamente las mechas.

Así lo hicieron los inesperados operarios y, temiendo lo peor, se retiraron inmediatamente del escenario. Hicieron bien. Consumida la mecha, los 47 cohetes estallaron con formidable estruendo, se levantó una llamarada y enseguida todo quedó cubierto por une neblina negra que hacía toser al público e irritaba los ojos. Cuando se disipó la humareda, habían desaparecido los cohetes, la silla y el primitivo astronauta.

Hay quienes aún piensan que el precoz antecesor de Yuri Gagarin alcanzó la Luna. Pero casi todos creemos que, como el heroico Antonio Ricaurte dos siglos y pico después, Man Hu se esfumó "en átomos volando".
   El Siglo de las Explosiones
Un tiempo después, la vieja pólvora ya había cumplido su misión y los avances de la ciencia buscaban reemplazarla por otros tipos de menjurjes químicos. Si el XVIII fue el Siglo de las Luces, el XIX fue el Siglo de las Explosiones. En 1845 el químico suizo-germano Christian Schönbein inventó, por pura chiripa, la nitrocelulosa explosiva, mucho más intensa que la pólvora y prácticamente sin humo. Dos años más tarde, el italiano Ascanio Sobrero produjo en la Universidad de Turín la nitroglicerina, poco confiable por su inflamabilidad e inestabilidad, pero hermosa para destruir montañas... y enemigos, naturalmente. O para volatilizar camiones con cargamentos del producto. Los que hayan visto la película El salario del miedo saben de qué hablo.

El siguiente paso lo dio el químico alemán Joseph Wells, que en 1863 inventó el TNT (trinitrotolueno). Y en esas llegó el sueco Alfred Nobel (1833-1896), creador de la dinamita, la balistita y la gelignita, que es dinamita plástica de altísimo poder destructor. Estas han sido útiles para la minería, pero mucho más para el terrorismo, el robo de bancos y la guerra. No deja de ser paradójico que a nombre de Nobel se otorguen premios que estimulan la paz, la literatura y la medicina.

El siglo XIX vio también el desarrollo de la pistola, invento italiano del siglo XV, que se convirtió en un arma automática temible, y el revólver, de recámara cilíndrica, patentado en Estados Unidos por Samuel Colt en 1835. En todos los casos, la pólvora o alguno de sus sustitutos resultaron indispensables para que las balas adquirieran velocidad y potencia letales.
   Cuidado con la pólvora
No contento con las herencias de los químicos petardistas del XIX, el siglo XX inventó las explosiones nucleares. En agosto de 1945 se estrenó la bomba atómica en dos ciudades japonesas. Cientos de miles de muertos atestiguan el formidable "progreso" logrado.

Mientras tanto, pasado el esplendor de las invenciones árabes, las artes pirotécnicas avanzan en conocimientos, pero se encogen y restringen en su uso. Ya son pocas las grandes ciudades que permiten a los ciudadanos almacenar o quemar pólvora celebratoria en sus casas. En Bogotá es grave contravención lanzar un volador o encender una bengala. Ahora los despliegues de luces y sonido se realizan en parques públicos y bajo normas de absoluto control.

Muchos echan de menos los tiempos de la pólvora libre, cuando las familias convertían la Nochebuena y el Año Nuevo en una fiesta de tracas y destellos que iluminaban el cielo. Tan bonita la pólvora... ¡viva la pólvora! Al mismo tiempo, muchos otros recuerdan con dolor cómo las explosiones e imprudencias llenaban de muertos, heridos y quemados los hospitales. Tan peligrosa la pólvora... ¡abajo la pólvora!
Por Daniel Samper Pizano

F  eltiempo.com

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