lunes, 30 de agosto de 2010

Centros especializados en esquí en Chile, otra opción para ir de vacaciones

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Hace más de 500 años, los incas ya sabían que en las gigantes montañas que miran a Santiago de Chile, miles de kilómetros al sur de Cusco, la capital del imperio, había magia.

Allá los Andes tienen cuatro picos que están a más de 4.000 metros de altura, y su sola vista corta el aliento. En uno de ellos, el Cerro Plomo, que alcanza los 5.400 m.s.n.m., apareció en 1954 el cuerpo preservado del pequeño inca que se durmió para siempre en el frío y que hoy se conoce como el Niño del Plomo.

Esos caminos que alguna vez fueron usados para llevar sacrificios hasta la casa de los dioses sirven de marco para varias de las mejores pistas de esquí de Suramérica. A cinco horas en avión desde Bogotá, y poco más de una hora y media desde el aeropuerto internacional de Santiago, está la nieve.

Entre junio y septiembre, la estación de invierno en el sur del continente pinta de blanco los imponentes paisajes andinos. Y en medio de ese polvo blanco se levantan lujosos hoteles y centros de esquí que cada año son visitados por miles de turistas de todo el mundo. No es un destino muy común para los colombianos, pero quienes ya lo han visitado se apuntan a la repetición.

¿Cambiar la playa por el frío? No lo dude. Cuando uno llega a Santiago, a lo lejos se distinguen las enormes montañas coronadas de blanco. Y después de un viaje que está lleno de curvas, pero también de vistas como de postal, está la que los chilenos promocionan como la mejor nieve del hemisferio sur.

En ese desierto blanco aparecen hoteles bellísimos, teleféricos y pistas. Son tres grandes complejos -Valle Nevado, Portillo y Colorado-, en los que se ven por esta época del año (recuerden que en el hemisferio norte están en pleno verano) a muchos de los mejores esquiadores del mundo y a millonarios que se dan el lujo de pagar helicópteros para regresar a lo alto de las montañas y volver a iniciar la carrera hacia abajo. Otros gastan sus fortunas comprando los apartamentos que se están construyendo en la zona, donde el metro cuadrado no baja de 5.000 dólares.

Llegados hasta acá, hay quienes dicen que se conforman con disfrutar de los lujos del hotel, con el paisaje y con haber conocido, por fin, la nieve. Mienten. Están ansiosos por enfrentarse a los esquís y por saber qué se siente probar un deporte que poco tiene que ver con nuestro clima de trópico.

Para empezar, hay que decir que la falta de experiencia no debe desanimar a nadie. Un dato: los campeones mundiales de snowboard (la tabla de nieve, el monopatín de la categoría) son brasileños, un país donde la nieve simplemente no se ve nunca, ni siquiera en las montañas más altas.

Por el equipo no hay que preocuparse porque todo lo necesario se consigue alquilado en las pistas. Después de un ritual de vestuario en el que la clave es calzarse las botas apropiadas (que son pesadas y recuerdan las que usaban los buzos hace un siglo, para que no los arrastraran las corrientes) con el fin de evitar riesgos, uno se enfrenta a la nieve. La primera lección es la más importante y es común con casi todo en la vida: aprender a frenar.

La operación se llama 'hacer la cuña' y se logra formando una especie de triángulo con los esquís para bajar la velocidad. Unas horas y varias caídas después, cuando ya el asunto parece relativamente dominado y el exceso de confianza amenaza con llevar al principiante directo contra las vallas de protección, se recuerda con agradecimiento al profesor que no dejaba de insistir en la cuña.

A centros como Valle Nevado llegan cada año miles de visitantes, aprovechando que está en las goteras de Santiago. Pero si el tiempo alcanza, hay que coger un vuelo a Concepción y emprender camino hacia Termas de Chillán. Allá también hay nieve, pero el paisaje es distinto. La gente es más amable y se ven pueblos como los de las películas de Navidad, pero a mitad de año.

De las imponentes cuchillas andinas se pasa a los bosques, donde el verde y el blanco garantizan fotos de premio (el paisaje es similar al de Bariloche, al otro lado de los Andes, en Argentina).

Y si hay suerte, en lo alto de las montañas, de pronto un cóndor, un zorro y, quién sabe, un puma, se dejan ver a lo lejos para recordarles a los turistas que se encuentran en una zona donde la naturaleza conserva su fuerza y donde la nieve, en estos tiempos de calentamiento global, aún cumple su cita anual para adornar un viaje inolvidable.

Jhon Torres Martínez
Enviado especial de EL TIEMPO*
Santiago de Chile
Chile
* Invitación de LAN Chile y FAN.


F eltiempo.com

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